La maldición de Maradona en la Champions: suplente, con el número 16 y eliminaciones rápidas
Diego nunca ganó el torneo más importante de clubes de Europa pero, además, estuvo lejos de hacerlo. Con un formato muy diferente al actual, apenas participó en dos ediciones, en 1987 y 1990. Jugó seis partidos y sólo avanzó una serie.

Diego Maradona le dio más al fútbol de lo que el fútbol le dio a él, al menos las competencias internacionales de clubes. El genio no sólo nunca pudo jugar ni un mísero minuto de Copa Libertadores sino que su relación con la Champions League fue efímera y muy lejos de la gloria que vivió con la selección, con apenas seis partidos en la élite europea y eliminaciones demasiado tempranas, con sabor a nada. Si cada tanto suele repetirse la pregunta de por qué Diego nunca ganó el máximo torneo de clubes en Europa –Lionel Messi sumó cuatro, siempre en Barcelona-, en realidad la gran duda debería ser: ¿por qué Maradona casi no jugó la Champions?
La primera explicación es el formato de competición de aquella época. La Champions League actual (o Liga de Campeones) entonces se llamaba Copa de Clubes Campeones de Europa (o Copa de Europa) y se disputaba a series directas ida-vuelta, sin fase de grupos y con un único representante por país, justamente el ganador de la liga de la temporada anterior. En los nueve años que jugó en Europa, de 1982 a 1984 en Barcelona y de 1984 a 1991 en el Nápoli, Maradona ganó dos scudettos, los de la temporadas 1986/87 y 1989/90, por lo que participó en apenas dos ediciones de la actual Champions, las siguientes, las de 1987/88 y 1990/91.
La diferencia de contexto es total. Según las reglas actuales, en las que España e Italia cuentan con cuatro y cinco clasificados por año respectivamente, Maradona habría clasificado a ocho ediciones del máximo torneo de Europa: sus equipos siempre terminaron en zona Champions –de acuerdo a los parámetros actuales- salvo en su primera temporada en el Napoli, 1984-85. Y sin embargo, lo dicho: Diego sólo jugó dos viejas Copas de Europa. Había, además, una dificultad extra: en Italia y España, en los 80, sólo se permitían dos extranjeros por equipo: Mario Kempes, Ramón Díaz, Zico y Daniel Passarella, por nombrar a otros cracks argentinos y brasileños de la época, directamente no participaron en ninguna Champions.
En una época en la que el dinero era casi marginal y el fútbol no pertenecía a la industria del entretenimiento televisivo, prevalecía el espíritu deportivo: en la década del 80, en cada temporada de la Champions participaban 32 equipos, el ganador de la última edición y los 31 campeones de cada país del año anterior. Hoy suena insólito pero Luxemburgo, Irlanda del Norte y Finlandia tenían los mismos representantes que España, Italia y Alemania: uno. Incluso, en las únicas dos ediciones que jugó el Napoli de Maradona, las de 1987/88 y 1990/91, hubo un participante menos, 31, porque los clubes de Inglaterra estaban inhabilitados como castigo por la matanza de hinchas italianos en la final Liverpool-Juventus de 1985, en Bélgica.
Como campeón italiano 1986-87, el primer scudetto de su historia, Nápoli no podría haber tenido un sorteo más desdichado para iniciar la temporada 1987-88 de la vieja Copa de Europa: le tocó, para el debut –o sea para la serie de 16avos de final-, al campeón español, el Real Madrid. La bolilla lo podría haber emparejado con alguno de los ignotos clubes que también participaban, como el Omonia de Chipre, el Fram de Noruega o el Shamrock Rovers de Irlanda, pero el equipo de Maradona debió enfrentar al equipo más campeón del torneo. “El Buitre amenaza al Rey”, tituló en su tapa, profética, la revista italiana Gazzetta dello Sport, en mención a Emilio “Buitre” Butragueño, delantero estrella del Real Madrid que enfrentaría al argentino, campeón del mundo en México 1986 un año atrás.
La ida se jugó el 16 de septiembre de 1987 en un Santiago Bernabéu desierto: el club español había sido condenado a una fecha a puertas cerradas porque sus hinchas habían cometido incidentes en el último partido de la temporada anterior, ante el Bayern Münich (el Madrid también había sido campeón español en la temporada 1985-86). “Es horrible jugar sin público, es jugar adentro de un cementerio”, diría Diego luego de 90 minutos que resultaron un desastre para el Napoli, víctima de un planteo muy defensivo de su técnico, Ottavio Bianchi, que dejó al 10 –encima infiltrado- muy solo en la delantera, además sin su habitual compañero de ataque, el brasileño Careca, ausente por lesión.
Sin poder despegarse de la marca pegajosa de Chendo, y ante el arbitraje permisivo del rumano Ion Igna, Maradona y Napoli perdieron 2-0, una diferencia que no podrían descontar en la vuelta, el 30 de septiembre en un repleto estadio San Paolo, actual Diego Maradona. Un gol de Giovanni Franchini, a los 9 minutos, pareció abrir la esperanza de los napolitanos pero Butragueño empató sobre el final del primer tiempo.

La segunda y última historia de Maradona en la Champions llegaría tras, lógicamente, el segundo y último scudetto del Napoli con Diego, en 1990. Esta vez el sorteo fue más benévolo en la primera fase, los 16vos de final: le tocó una serie contra el campeón de Hungría, el Újpest Dozsa, el nombre con que el gobierno comunista había rebautizado al histórico Újpest FC. Aquellos rivales también hablan de un cambio de época, no sólo en el fútbol: Hungría acababa de escindirse de la Unión Soviética luego de haber pertenecido varias décadas bajo la Cortina de Hierro. El futuro campeón de aquella Champions, la 1990/91, sería el Estrella Roja de Yugoslavia, el último ganador de un país comunista.
Si la selección húngara había participado en los Mundiales 1978, 1982 y 1986, desde su ausencia en el reciente Italia 1990 ya no volvería a jugar ninguna otra Copa del Mundo. Esa decadencia futbolística magiar también se trasladaba a los clubes y el ignoto Újpest no fue rival para el Napoli. El 19 de septiembre, en el sur de Italia, el equipo de Maradona ganó 3-0 con dos goles de Diego, sus únicos en la Champions. El primero fue hermoso y debería tener mayor reconocimiento popular: el 10 paró la pelota con el pecho y, pura plasticidad, remató con una mezcla de volea y tijera. El segundo, el 3-0 final, fue más de pícaro: le arrebató la pelota al arquero rival, Istavan Brockhauser, flojo de manos. La revancha, el 3 de octubre en Budapest, no tuvo historia: un cómodo 2-0 del Napoli para un categórico 5-0 global.
Los únicos dos goles de Maradona en la Champions

La siguiente instancia, en octavos de final, fue contra el Spartak de Moscú, todavía bajo el ala de la Unión Soviética. La ida, jugada el 24 de octubre de 1990 en el San Paolo, no cumplió el objetivo: terminó 0 a 0. La revancha sería el 7 de noviembre en Moscú, pero algo ya andaba mal. La hazaña de Maradona en el Mundial Italia 90, cuatro meses atrás –en especial la eliminación argentina a la selección local, en semifinales-, no había sido gratuita: se había roto la relación entre el 10 y gran parte del país en el que jugaba cada fin de semana. Pero no sólo eso: Maradona además arrastraba un pésimo día a día con el presidente del Napoli, Conrado Ferlaino. Algún tiempo después, en su biografía, Maradona diría que se tendría que haber ido de Nápoles tras el Mundial. “Ya estaba jugado”, sintetizó. Extranjero no querido en Italia, las adicciones empezaban a ganarle.
En ese combo, el Napoli no arrancó bien la temporada 1990/91 de la Serie A. Y Diego empezó a faltar a los entrenamientos. A veces pasa: el momento más “cercano” de Maradona para ganar la Champions, aun con lo relativo que puede ser una instancia de octavos de final, lo encontró en su peor momento deportivo en Italia. El equipo dirigido por Alberto Bigon viajó el lunes 5 a Moscú pero el argentino nunca llegó al aeropuerto. Según contó su preparador físico, Fernando Signorini, en el libro “Diego desde adentro”, “Ciro Ferrara –defensor del Napoli- y otros compañeros fueron hasta la casa de Diego a tratar de convencer al ‘capitano’ para que se sumara al equipo. Los muchachos ni siquiera pudieron hablar con él: los atendió Claudia –la entonces esposa de Diego- y les explicó que estaba encerrado y no quería ver a nadie. En verdad, no porque no quería, sino porque no podía, porque en ese momento sufría un episodio de inseguridad y angustia”.
Finalmente Maradona viajó a la tarde siguiente, contrarreloj, a Moscú. Llegó el martes por la noche, con 22 grados bajo cero, e intentó cumplir un deseo: visitar la Plaza Roja de la capital rusa, entonces soviética. El espacio estaba cerrado porque al día siguiente, 7 de noviembre, día de la Revolución Rusa, hablaría el presidente soviético, Mijail Gorbachov. Retoma Signorini: “Diego se encaprichó y a las nueve de la noche le dijo a Marcos Franchi –su representante- que quería visitar la Plaza Roja. Franchi hizo algunas averiguaciones, pero no consiguió mucho: ‘Me dicen que es imposible, ya cerró’. Diego empezó a gritar que la quería conocer igual, lo que obligó a Marcos a remover cielo y tierra y, cerca de las once de la noche, entramos a la Plaza Roja. Una cosa que sólo podía lograr el Diez. Estuvimos apenas cinco minutos, porque hacía un frío espantoso”.

A la noche siguiente se jugó el partido. Los operarios del estadio Lenin, hoy Luzhniki, tuvieron que sacar medio metro de nieve acumulada con palas. Aún así, el césped quedó entre verde y blanco. Lo curioso, o no -teniendo en cuenta su ausencia en los días previos-, fue que Diego ocupó un lugar en el banco de suplentes. Eran épocas en que los titulares usaban los números del 1 al 11 en cada partido y, los suplentes, del 12 al 16, por lo que a Maradona le tocó el 16, el mismo de su debut en el fútbol profesional, en el Argentinos-Talleres de octubre de 1976.
Diego entró por Gianfranco Zola, que usó la 10, a los 18 minutos del segundo tiempo. Mal físicamente, y en un clima horrendo en el que costaba hacer pie –la cancha estaba con escarcha-, un Diego con calzas y guantes no gravitó. Ante un buen rival, con jugadores como Aleksandr Mostovói y Valery Karpin, el 0-0 se mantuvo también durante el alargue y la serie pasó a los penales. Diego convirtió su penal –el arquero rival era Stanislav Cherchesov, entrenador de Rusia en el Mundial 2018- pero Marco Baroni erró el suyo y el Napoli quedó eliminado.
La última noche de Maradona en la Champions, en la helada Moscú

Así, sin gloria, y con apenas una serie pasada de tres jugadas, se terminó para siempre la experiencia de Maradona en la Champions, un torneo que permitiría más clasificados por país recién a partir de la temporada 1997-98, cuando serían autorizados los subcampeones de las ligas nacionales. De todas maneras, no está de más aclararlo, Diego fue campeón de una competición internacional con el Napoli, la Copa UEFA de la temporada 1988-89, un similar de la UEFA Europa League actual -en la entrada en calor de la semifinal, contra el Bayern Munich, sonó la canción “Life is life” por los altavoces del estadio alemán-. El Napoli había entrado a ese torneo como subcampeón del calcio en la temporada 1987-88.
Tras su viaje a destiempo a Moscú, Diego sería sancionado por el Napoli y no jugó el partido siguiente de la Serie A, contra el Bari. Justo una rueda después, también ante el Bari, Diego daría positivo por doping, el final de su glorioso paso por Italia. Pero esa es otra historia. En cierta forma, Maradona se había quedado sin incentivos deportivos en Moscú. Diego y la Champions nunca se llevaron bien. Peor para la Champions.
Si te gustan las entrevistas en profundidad, historias y efemérides, seguí los contenidos de Al Ángulo a través de TyC Sports. También podés registrarte gratis e indicar tus preferencias para recibir notificaciones en tu browser o bajate nuestra APP (disponible en Android & iOS).
No te pierdas nada